de hambre, o más bien nunca se les había echado cebo —tan solo ardillas en el techo y bajo el suelo, un Chotacabras americano en la cumbrera, un arrendajo azul chillando bajo la ventana, una liebre o una marmota bajo la casa, un autillo o un búho virginiano detrás de ella, una bandada de gansos salvajes o un colimbo risueño en el estanque, y un zorro para ladrar en la noche.
Ni siquiera una alondra o un oropéndola, esas apacibles aves de plantación, visitaron jamás mi claro. Ni gallos que cantaran ni gallinas que cacarearan en el corral. ¡Ni corral! Sino la naturaleza sin vallas llegando hasta los mismos umbrales. Un joven bosque creciendo bajo tus prados, y zumaques silvestres y zarzas de moras abriéndose paso hasta el sótano; robustos pinos resinosos rozando y crujiendo contra las tejuelas por falta de espacio, con sus raíces llegando justo debajo de la casa. En lugar de una escotilla o una persiana arrancada por el vendaval, un pino partido o arrancado de raíz detrás de tu casa para leña. En lugar de no haber camino a la puerta del jardín delantero en la Gran Nevada, ni puerta, ni jardín delantero, y ningún camino hacia el mundo civilizado.