antes de que ningún vecino se moviera aún para ocuparse de sus asuntos, he estado yo ocupado en los míos! Sin duda, muchos de mis conciudadanos me han encontrado regresando de esta empresa, granjeros que partían hacia Boston en la penumbra, o leñadores que iban a su trabajo. Es verdad que jamás ayudé materialmente al sol en su salida, pero, no lo duden, era de la máxima importancia estar presente en ella.
¡Cuántos días de otoño, ay, y de invierno, pasados fuera de la ciudad, tratando de escuchar lo que traía el viento, de oírlo y transmitirlo por expreso!
Poco faltó para que invertiera en ello todo mi capital, y perdí además mi propio aliento, corriendo en su contra. Si se hubiera tratado de alguno de los partidos políticos, pueden estar seguros de que habría aparecido en la Gaceta con las noticias de última hora.
Otras veces vigilando desde el observatorio de algún acantilado o árbol, para telegrafiar cualquier nueva llegada; o esperando al atardecer en las cimas de las colinas a que el cielo se cayera, para atrapar algo, aunque nunca atrapé gran cosa, y eso, a modo de maná, volvía a disolverse bajo el sol.
Durante mucho tiempo fui redactor de un periódico de muy escasa circulación, cuyo director aún no ha tenido a bien publicar la mayor parte de mis colaboraciones y, como es demasiado común entre los escritores, obtuve solo mi esfuerzo por toda recompensa. Sin embargo, en este caso mi esfuerzo fue su propia recompensa.
Durante muchos años fui inspector autoproclamado de tormentas de nieve y aguaceros, y cumplí con mi deber fielmente; agrimensor, si no de caminos reales, sí de senderos forestales y de todas las rutas a campo través, manteniéndolos abiertos, y con los barrancos puenteados y transitables en todas las estaciones, allí donde la planta del público había dado fe de su