Antes de haber llegado al estanque, un nuevo impulso había sacado a John Field, con ánimo mudado, abandonando el «fanga» antes de esta puesta de sol. Pero él, pobre hombre, apenas perturbó un par de aletas mientras yo cobraba una buena sarta, y achacó a su mala estrella; mas, cuando cambiamos de asiento en la barca, la suerte también cambió de asiento. ¡Pobre John Field!—confío en que no lea esto, a menos que le sirva para enmendarse—, creyendo ganarse la vida con algún anticuado método derivado del Viejo Mundo en este primitivo país nuevo—pescar percas con carpitas de río. Buen cebo es a veces, lo reconozco. Con su horizonte todo para él, siendo sin embargo un pobre hombre, nacido para ser pobre, con su heredada pobreza irlandesa o vida mezquina, su abuela de Adán y sus maneras cenagosas, sin progresar en este mundo, ni él ni su posteridad, hasta que sus pies vadeadores, membrudos y andadores de ciénagas tengan talaria en los talones.
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Granja Baker
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