evangelista, ni anda por ahí comiendo langostas y miel silvestre. Dudo que Flying Childers llevara jamás un celemín de maíz al molino.
Uno me dice: «Me extraña que no ahorres dinero; te encanta viajar; podrías tomar el tren e ir a Fitchburg hoy mismo y ver el campo».
Pero soy más astuto que eso. He aprendido que el viajero más veloz es el que va a pie.
Le digo a mi amigo: Supongamos que competimos para ver quién llega primero. La distancia es de treinta millas; el pasaje, noventa centavos. Eso es casi el jornal de un día. Recuerdo cuando los jornaleros en este mismo camino ganaban sesenta centavos al día.
Pues bien, yo salgo ahora a pie y llego antes de que anochezca; he viajado a ese ritmo semanas enteros. Tú, entretanto, habrás ganado tu pasaje y llegarás allí mañana a algún hora, o posiblemente esta tarde, si tienes la suerte de conseguir un trabajo a tiempo.
En lugar de ir a Fitchburg, estarás trabajando aquí la mayor parte del día. Y así, si el ferrocarril diera la vuelta al mundo, creo que te llevaría la delantera; y en cuanto a ver el país y adquirir experiencias de ese tipo, tendría que dejar de tratarte por completo.
Tal es la ley universal, a la que ningún hombre puede burlar jamás, y en lo que respecta al ferrocarril bien podemos decir que tanto monta, monta tanto. Construir un ferrocarril alrededor del mundo que esté al alcance de toda la humanidad equivale a nivelar toda la superficie del planeta. Los hombres albergan la confusa idea de que, si mantienen esta actividad de acciones conjuntas y palas el tiempo suficiente, al final todo el mundo viajará a alguna parte, en un abrir y cerrar de ojos y gratis; pero aunque una multitud corra a la estación y el revisor grite «¡Todos