La totalidad de mis inviernos, así como la mayor parte de mis veranos, los tenía libres y despejados para el estudio.
He probado a fondo la enseñanza escolar, y descubrí que mis gastos eran proporcionales, o más bien desproporcionados, a mis ingresos, ya que me veí obligado a vestirme y educarme, por no decir a pensar y creer, en consecuencia, y para colmo perdí el tiempo. Como no enseñaba por el bien de mis semejantes, sino simplemente para ganarme la vida, aquello fue un fracaso.
He intentado con el comercio, pero descubrí que me tomaría diez años ponerme en marcha en eso, y que para entonces probablemente estaría en camino a la condenación. De hecho, temía que para ese momento pudiera estar haciendo lo que se llama un buen negocio.
Cuando antiguamente andaba buscando qué hacer para ganarme la vida, teniendo muy fresca en la memoria alguna triste experiencia sobre cómo conformarme a los deseos de amigos para poner a prueba mi ingenio, pensé a menudo y seriamente en recoger arándanos; eso sin duda podía hacerlo, y sus pequeños beneficios bastarían —pues mi mayor habilidad ha sido desear poco—, requiriendo tan poco capital, tan poca distracción de mis habituales estados de ánimo, pensé insensatamente. Mientras mis conocidos se lanzaban sin vacilar al comercio o a las profesiones, yo contemplaba esta ocupación como la más parecida a la de ellos; recorriendo las colinas todo el verano para recoger los frutos que salían a mi paso, y deshacerme de ellos sin cuidado después; así, para cuidar los rebaños de Admeto.
También soñé que podría recolectar las hierbas silvestres, o llevar siempreverdes a aquellos aldeanos a los que les gustaba que les recordaran los bosques, incluso a la ciudad, en carros llenos de heno. Pero desde entonces he aprendido que el comercio maldice todo lo que toca; y aunque comercies con mensajes