un granjero —alaben los cielos que aún hay tanta virtud en el hombre, pues creo que la caída del granjero al obrero es tan grande y memorable como la del hombre al granjero—; y en un país nuevo, el combustible es un estorbo. En cuanto a la vivienda, si no se me permitiera seguir ocupando tierras ajenas sin título, podría comprar un acre al mismo precio por el que se vendió la tierra que cultivaba, a saber, ocho dólares con ocho centavos. Pero tal como estaban las cosas, consideraba que yo aumentaba el valor de la tierra al instalarme en ella sin título.
Hay cierta clase de incrédulos que a veces me hacen preguntas como si creo que puedo vivir exclusivamente de alimento vegetal; y para ir al grano de una vez por todas —pues el grano es la fe—, suelo responderles que puedo vivir a base de clavos de carpintero. Si no pueden entender eso, no pueden entender gran parte de lo que tengo que decir. Por mi parte, me alegra saber que se intentan experimentos de esta índole; como el de un joven que probó durante quince días a vivir a base de maíz duro y crudo en mazorca, usando sus dientes como único mortero. La familia de las ardillas intentó lo mismo y tuvo éxito. El género humano está interesado en estos experimentos, aunque algunas viejas incapaces de realizarlos, o que poseen sus tercios en molinos, puedan alarmarse.
Mi mobiliario, parte del cual lo hice yo mismo —y el resto no me costó nada de lo cual no haya rendido cuentas—, consistía en una cama, una mesa, un escritorio, tres sillas, un espejo de tres pulgadas de diámetro, unas tenazas y morillos, un caldero, una cacerola y una sartén, un cucharón, un lebrillo, dos cuchillos y tenedores, tres platos, una taza, una cuchara, una jarra para aceite,