primero y forma un canal estrecho alrededor de la parte central que sigue congelada. Al igual que el resto de nuestras aguas, cuando están muy agitadas, en tiempo despejado, de modo que la superficie de las olas refleje el cielo en el ángulo correcto, o porque hay más luz mezclada con ella, a poca distancia parece de un azul más oscuro que el propio cielo; y en tal momento, estando en su superficie y mirando con visión dividida, de modo que pueda verse el reflejo, he distinguido un azul claro incomparable e indescriptible, tal como sugieren las sedas adamascadas o tornasoladas y las Hojas de espada, más cerúleo que el propio cielo, alternando con el verde oscuro original en las laderas opuestas de las olas, pareciendo este último apenas fangoso en comparación. Es un azul verdoso vítreo, según lo recuerdo, como esos jirones del cielo invernal que se ven a través de las rendijas de las nubes en el oeste antes de la puesta del sol. Sin embargo, un solo vaso de su agua sostenido a contraluz es tan incoloro como una cantidad igual de aire. Es bien sabido que una gran plancha de vidrio tendrá un tinte verdoso debido, según dicen los fabricantes, a su «cuerpo», pero una pequeña pieza del mismo será incolora. Qué volumen de agua de Walden se requeriría para reflejar un tinte verde es algo que nunca he comprobado. El agua de nuestro río es negra o de un marrón muy oscuro para quien la mira directamente y, como la de la mayoría de los estanques, confiere al cuerpo de quien se baña en ella un tinte amarillento; pero esta agua es de una pureza tan cristalina que el cuerpo del bañista adquiere una blancura de alabastro, aún más antinatural, lo que, al verse las extremidades magnificadas y distorsionadas además, produce un efecto monstruoso, resultando dignos estudios para un Miguel Ángel.
El agua es tan transparente que el fondo puede distinguirse fácilmente a una profundidad de veinticinco o treinta pies. Al remar sobre ella, se