Después de azadonar, o quizá de leer y escribir por la mañana, solía bañarme de nuevo en el estanque, nadando a través de una de sus calas durante un buen trecho, y me lavaba el polvo del trabajo o alisaba la última arruga que el estudio me había provocado, y quedaba absolutamente libre para la tarde. Cada uno o dos días me paseaba hasta el pueblo para enterarme de algunos de los chismes que bullen incesantemente allí, circulando ya de boca en boca, ya de periódico en periódico, y que, tomados en dosis homeopáticas, resultaban en verdad tan refrescantes a su manera como el susurro de las hojas y el croar de las ranas. Así como caminaba por los bosques para ver a las aves y a las ardillas, caminaba por el pueblo para ver a los hombres y a los muchachos; en vez del viento entre los pinos escuchaba traquetear los carros. En una dirección desde mi casa había una colonia de ratas almizcleras en las praderas del río; bajo la arboleda de olmos y plataneros en el otro horizonte había una aldea de hombres atareados, tan curiosos para mí como si hubiesen sido perros de la pradera, sentados cada uno a la entrada de su madriguera, o corriendo a la de un vecino para charlar. Iba allí frecuentemente a observar sus costumbres. El pueblo me parecía una gran sala de noticias; y a un lado, para sostenerla, como antaño en el establecimiento de Redding & Company en State Street, guardaban nueces y pasas, o sal y harina y otros ultramarinos. Algunos tienen un apetito tan voraz por la primera mercancía, esto es, las noticias, y unos órganos digestivos tan sanos, que pueden sentarse para siempre en las avenidas públicas sin moverse, y dejar que esta hierva y susurre a través de ellos como los vientos etesios, o como
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El Pueblo
201