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Antiguos habitantes y visitantes de invierno

del viajero y refrescaba a su cabalgadura. Aquí, pues, los hombres se saludaban unos a otros, escuchaban y contaban las noticias, y seguían su camino.

La cabaña de Breed seguía en pie hace apenas una docena de años, aunque llevaba mucho tiempo deshabitada. Era más o menos del tamaño de la mía. Fue incendiada por unos muchachos traviesos, una noche de elecciones, si mal no recuerdo. Yo vivía entonces en las afueras del pueblo, y acababa de sumirme en el Gondibert de Davenant, aquel invierno en que sufrí de un letargo —el cual, por cierto, nunca supe si considerar como una dolencia familiar, pues tengo un tío que se duerme afeitándose y se ve obligado a hacer germinar patatas en el sótano los domingos para mantenerse despierto y guardar el día del Señor, o como consecuencia de mi intento de leer la colección de poesía inglesa de Chalmers sin saltarme nada. Aquello pudo por completo con mis Nervios. Apenas había reclinado la cabeza sobre el libro cuando sonaron las campanas de fuego, y a toda prisa rodaron las bombas en esa dirección, encabezadas por una tropa dispersa de hombres y muchachos, y yo entre los primeros, pues había saltado el arroyo. Creíamos que quedaba muy al sur, al otro lado del bosque —nosotros, que ya habíamos corrido a otros incendios—, ya fuera un granero, un taller, una casa o todo junto. «Es el granero de Baker», gritó uno. «Es la propiedad de los Codman», afirmó otro. Y entonces nuevas chispas se elevaron por encima del bosque, como si el techo se viniera abajo, y todos gritamos: «¡Concord al rescate!». Los carros pasaron a toda velocidad con cargas aplastantes, transportando quizás, entre otros, al agente de la Compañía de Seguros, obligado a acudir por lejos que estuviera; y de vez en cuando la campana de la bomba repiqueteaba a lo según, más lenta y segura; y rezagados de todos, según se cuchicheó más tarde, venían quienes habían provocado el fuego y dado la alarma. Así continuamos como verdaderos idealistas, rechazando el testimonio de nuestros sentidos, hasta que en una curva del camino oímos el chisporroteo y sentimos realmente el calor del fuego desde el otro lado del muro, y comprendimos, ¡ay!, que ya habíamos

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