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Granja Baker

occidentalis*, o falso olmo, del cual solo tenemos uno bien desarrollado; algún pino más alto a modo de mástil, un árbol para tejamaniles, o una cicuta más perfecta de lo habitual, erguida como una pagoda en mitad de los bosques; y muchos otros que podría mencionar. Estos eran los santuarios que visitaba tanto en verano como en invierno.

Una vez aconteció que me detuve en el estribo mismo del arco de un iris, que llenaba el estrato inferior de la atmósfera, tiñendo la hierba y las hojas circundantes, y deslumbrándome como si mirara a través de cristal de colores. Era un lago de luz de arco iris, en el cual, por breve tiempo, viví como un delfín. Si hubiera durado más, tal vez habría teñido mis ocupaciones y mi vida.

Mientras caminaba por el terraplén del ferrocarril, solía asombrarme del halo de luz alrededor de mi sombra, y con gusto me imaginaba uno de los elegidos. Alguien que me visitó declaró que las sombras de algunos irlandeses ante él no tenían halo alguno, que solo los nativos eran así distinguidos.

Benvenuto Cellini nos cuenta en sus memorias que, tras cierto sueño o visión terrible que tuvo durante su reclusión en el castillo de Sant'Angelo, una luz resplandeciente apareció sobre la sombra de su cabeza por la mañana y por la tarde, estuviera en Italia o en Francia, y era particularmente conspicua cuando la hierba estaba húmeda de rocío. Este era probablemente el mismo fenómeno al que me he referido, que se observa especialmente por la mañana, pero también a otras horas, e incluso a la luz de la luna. Aunque es constante, no suele advertirse y, en el caso de una imaginación excitable como la de Cellini, sería base suficiente para la superstición. Además, nos cuenta que se lo mostró a muy pocos.

Pero ¿no son acaso distinguidos aquellos que son conscientes de que son contemplados de algún modo?

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