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Sonidos

nueva rama en los robles grises. Entonces —¡de que nunca hubiera naci‑i‑i‑i‑do!— hace eco otro en la orilla más lejana con temblorosa sinceridad, y —¡naci‑i‑i‑i‑do!— llega débilmente desde lo más hondo de los bosques de Lincoln.

También me ofreció una serenata un búho ululante. Cerca de uno, uno podría imaginárselo como el sonido más melancólico de la Naturaleza, como si con esto pretendiera consagrar y perpetuar en su coro los lamentos agónicos de un ser humano —algún pobre y frágil vestigio de la mortalidad que ha dejado atrás la esperanza, y aúlla como un animal, pero con sollozos humanos, al adentrarse en el valle oscuro, tornado más espantoso por cierta melodiosidad gorgoteante —me descubro empezando con las letras gl cuando intento imitarlo—, expresiva de una mente que ha alcanzado la etapa gelatinosa y mohosa en la mortificación de todo pensamiento sano y valeroso. Me recordó a gules, idiotas y aullidos dementes. Pero ahora uno responde desde bosques lejanos con un tono vuelto verdaderamente melódico por la distancia — Ju, ju, ju, jurer ju; y en verdad, en su mayor parte, solo sugería asociaciones gratas, ya fuera de día o de noche, en verano o en invierno.

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