Si vivimos en el siglo diecinueve, ¿por qué no habríamos de disfrutar de las ventajas que el siglo diecinueve ofrece? ¿Por qué debería nuestra vida ser en algún aspecto provinciana? Si vamos a leer periódicos, ¿por qué no saltarnos los chismes de Boston y tomar de una vez el mejor periódico del mundo? —en vez de estar chupando la papilla de los periódicos «familiares y neutrales», o ramoneando «Ramos de Olivo» aquí en Nueva Inglaterra. Que nos lleguen los informes de todas las sociedades eruditas, y veremos si saben algo. ¿Por qué habríamos de dejar que Harper & Brothers y Redding & Co. seleccionen nuestras lecturas?
Así como el noble de gusto refinado se rodea de todo aquello que contribuye a su cultura —genio, erudición, ingenio, libros, pinturas, estatuas, música, instrumentos filosóficos y cosas por el estilo—, que haga lo mismo la aldea; que no se conforme con un pedagogo, un pastor, un sacristán, una biblioteca parroquial y tres concejales, bajo el pretexto de que nuestros padres peregrinos sobrevivieron una vez a un invierno frío sobre una roca desolada con solo eso. Actuar colectivamente está de acuerdo con el espíritu de nuestras instituciones; y confío en que, dado que nuestras circunstancias son más prósperas, nuestros medios son mayores que los del noble. Nueva Inglaterra puede contratar a todos los sabios del mundo para que vengan a enseñarle, alojarlos por turno en las casas durante ese tiempo, y no ser provinciana en absoluto. Esa es la escuela extraordinaria que queremos. En lugar de nobles, tengamos aldeas nobles de hombres. Si es necesario, omitamos un puente sobre el río, demos un pequeño rodeo por allí, y lancemos al menos un arco sobre el abismo más oscuro de la ignorancia que nos rodea.