a leer las obras de genio escritas en esos idiomas; pues estas no estaban escritas en aquel griego o latín que conocían, sino en el selecto lenguaje de la literatura. No habían aprendido los dialectos más nobles de Grecia y Roma, sino que los mismos materiales en los que estaban escritos eran papel mojado para ellos, y en su lugar valoraban una literatura contemporánea barata. Pero cuando las distintas naciones de Europa hubieron adquirido lenguas escritas propias, bien que rudas y distintas, suficientes para los propósitos de sus nacientes literaturas, entonces revivió por primera vez el saber, y los estudiosos pudieron discernir desde aquella lejanía los tesoros de la antigüedad. Lo que la multitud romana y griega no pudo oír, tras el transcurso de los siglos lo leyeron unos pocos estudiosos, y unos pocos estudiosos tan solo siguen leyéndolo.
Por mucho que podamos admirar los arrebatos ocasionales de elocuencia del orador, las palabras escritas más nobles están comúnmente tan por debajo o por encima del fugaz lenguaje hablado como el firmamento con sus estrellas está por detrás de las nubes.
Ahí están las estrellas, y quien pueda puede leerlas. Los astrónomos las comentan y observan por siempre. No son exhalaciones como nuestras conversaciones cotidianas y nuestro aliento vaporoso.
Lo que se llama elocuencia en el foro suele ser retórica en el estudio. El orador cede a la inspiración de una ocasión transitoria y le habla a la turba que tiene delante, a aquellos que pueden oírlo; pero el escritor, cuya vida más ecuánime es su ocasión, y que se vería distraído por el acontecimiento y la multitud que inspiran al orador, le habla al intelecto y a la salud de la humanidad, a todos los que, en cualquier época, puedan comprenderlo.