acudido a vengar o rescatar a su Patroclo. Vio este combate desigual desde lejos —pues las negras casi duplicaban el tamaño de las rojas—, se acercó a paso rápido hasta situarse en guardia a media pulgada de los combatientes; entonces, acechando su oportunidad, saltó sobre el guerrero negro y comenzó sus operaciones cerca de la raíz de su pata delantera derecha, dejando al enemigo que eligiera entre sus propios miembros; y así había tres unidos de por vida, como si se hubiera inventado una nueva clase de atracción que dejara en vergüenza a todos los demás cerrojos y cementos. A estas alturas no me habría extrañado descubrir que tenían sus respectivas bandas de música apostadas en alguna viruta prominente, tocando sus aires nacionales mientras tanto, para excentar a los lentos y alentar a los combatientes moribundos. Yo mismo me sentí un tanto emocionado, casi como si hubieran sido hombres. Cuanto más lo piensas, menor es la diferencia. Y ciertamente no hay combate registrado en la historia de Concord, al menos en la historia de América, que soporte un momento de comparación con este, ya sea por el número de participantes o por el patriotismo y el heroísmo desplegados. Por el número y por la carnicería, fue un Austerlitz o un Dresde. ¡El Combate de Concord! ¡Dos muertos por el bando de los patriotas y Luther Blanchard herido! ¡Pues aquí cada hormiga era un Buttrick —«¡Fuego!, ¡por el amor de Dios, fuego!»— y miles corrieron la suerte de Davis y Hosmer. No había ni un solo mercenario allí. No tengo ninguna duda de que luchaban por un principio, al igual que nuestros antepasados, y no para evitar un impuesto de tres peniques sobre el té; y los resultados de esta batalla serán tan importantes y memorables para aquellos a quienes concierne como los de la batalla de Bunker Hill, al menos.
Tomé la astilla en la que los tres que he descrito en particular estaban forcejeando, la llevé a mi casa y la puse bajo un vaso invertido en el alféizar de mi ventana, para ver el desenlace. Al acercar un microscopio a la hormiga roja mencionada en primer lugar, vi que, aunque mordisqueaba con ahínco la pata delantera cercana de su