pobre? Quizá se descubra que exactamente en la misma proporción en que algunos han sido colocados en circunstancias exteriores por encima del salvaje, otros han sido degradados por debajo de él. El lujo de una clase se ve contrarrestado por la indigencia de otra. Por un lado está el palacio, por el otro el asilo y los «pobres silenciosos». Los millares que construyeron las pirámides para que fueran las tumbas de los faraones se alimentaban de ajos, y es posible que ni siquiera fueran enterrados decentemente. El albañil que remata la cornisa del palacio regresa por la noche tal vez a una choza peor que un wigwam.
Es un error suponer que, en un país donde existen las evidencias habituales de la civilización, la condición de una parte muy numerosa de sus habitantes no puede ser tan degradada como la de los salvajes.
Me refiero a los pobres degradados, no ahora a los ricos degradados. Para saber esto no necesitaría mirar más lejos que a las chabolas que bordean por todas partes nuestros ferrocarriles, esa última mejora de la civilización; donde veo en mis paseos diarios a seres humanos que viven en pocilgas, y todo el invierno con la puerta abierta, por mor de la luz, sin ninguna pila de leña visible, ni a menudo imaginable, y las formas tanto de viejos como de jóvenes están permanentemente encogidas por el largo hábito de encogerse de hombros ante el frío y la miseria, y el desarrollo de todas sus extremidades y facultades se ve frenado.
Ciertamente es justo observar a esa clase con cuyo trabajo se llevan a cabo las obras que distinguen a esta generación.
Tal también, en mayor o menor grado, es la condición de los obreros de toda denominación en Inglaterra, que es el gran asilo de pobres del mundo. O podría remitirles a Irlanda, que está señalada