muchos de mis contemporáneos, rara vez había consumido durante muchos años alimento animal, ni té, ni café, etc.; no tanto por los malos efectos que les hubiera atribuido, como porque no eran agradables a mi imaginación. La repugnancia hacia el alimento animal no es el efecto de la experiencia, sino un instinto. Parecía más hermoso vivir con poco y comer frugalmente en muchos aspectos; y aunque nunca lo hice, llegué lo suficientemente lejos como para complacer mi imaginación. Creo que todo hombre que se haya empeñado alguna vez en preservar sus facultades superiores o poéticas en el mejor estado se ha sentido particularmente inclinado a abstenerse de alimentos animales, y de una gran cantidad de alimentos de cualquier tipo. Es un hecho significativo, afirmado por los entomólogos —lo encuentro en Kirby y Spence—, que «algunos insectos en su estado perfecto, aunque provistos de órganos de alimentación, no hacen uso de ellos»; y establecen como «regla general que casi todos los insectos en este estado comen mucho menos que en el de larva. La voraz oruga cuando se transforma en mariposa… y el glotón gusano cuando se convierte en mosca» se conforman con una gota o dos de miel o algún otro líquido dulce. El abdomen bajo las alas de la mariposa aún representa a la larva. Este es el bocado exquisito que tienta a su destino insectívoro. El comensal grosero es un hombre en estado de larva; y hay naciones enteros en esa condición, naciones sin fantasía ni imaginación, cuyos vastos abdomenes los delatan.
Es difícil preparar y cocinar una dieta tan sencilla y limpia que no ofenda a la imaginación; pero esta, creo yo, debe ser alimentada cuando alimentamos el cuerpo; ambas deben sentarse a la misma mesa. Sin embargo, tal vez esto pueda lograrse. Las frutas consumidas con moderación no necesitan hacernos avergonzar de nuestros apetitos, ni interrumpir las más dignas ocupaciones. Pero añadid un condimento extra a vuestro plato, y este os envenenará. No vale la pena vivir de la alta cocina. La mayoría de los hombres sentiría vergüenza si los sorprendieran preparando con sus propias manos exactamente un almuerzo así, ya sea de origen animal o vegetal, como el que otros preparan para ellos todos