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IX

delantera de la iglesia. Con toda la impetuosa vehemencia de la juventud enamorada o de la juventud que cree estar enamorada, Mimi experimentó una sensación deliciosamente placentera al contemplar la nuca de Carl, al estar cerca de él. Quería colocar en su sitio el mechón rebelde de cabello que surgía en desorden de la coronilla de Carl como la pluma del tocado de un indio. Deseaba con anhelo volver a hablar con él como solían hacerlo, quería divagar de un tema a otro de ese modo camaraderil que ahora extrañaba, ya que las charlas habían cesado. Los chismes que en parte habían provocado esa abrupta ruptura de su compañía se habían calmado, aunque Mimi sabía por experiencia que el rumor, aparentemente muerto y olvidado, tenía muchas vidas y cualquier paso en falso en el futuro podría resucitar —y lo haría— todos los informes anteriores. Sabía que podían volver a surgir y que siempre lo hacían, cobrando vida con un nuevo vigor como aquel ser mítico cuyo nombre nunca lograba recordar que, arrojado a la tierra, recibía nueva fuerza al entrar en contacto con ella, y volvía a la lucha vigorizado y más poderoso que antes.

Sin embargo, para recuperar la amistad que había perdido, estaba dispuesta a arriesgarse a las malas lenguas.

Permaneció de pie con la cabeza inclinada, observando a Carl con los ojos insolentemente entornados a medida que los servicios religiosos se acercaban a su fin.

«Que la gracia de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, el amor de Dios Padre… ahora y siempre, ¡amén!»,

entonó monótonamente el ministro, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados alzados hacia el techo bajo.

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