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XIX

“Contéstelo usted, señorita Daquin, ¿por favor? ¡Qué buena es! Estos tontos telefonitos franceses me ponen nerviosa; ¿por qué no muestran algo de iniciativa y ponen teléfonos como los que tenemos en América?”

—Hay un hombre llamado Forrester llamando —le dijo Mimi cuando ella hubo contestado el teléfono.

—¡Oh, Jimmy Forrester! ¡Diles que lo hagan subir enseguida! No... no, querida, no puedes huir ahora. Jimmy es el muchacho más lindo y tierno, aunque se ría de mí y de algunas de mis mañas. Jura que no lo hace, pero algunas de las cosas que dice a veces suenan sospechosamente como si me estuviera tomando el pelo... es una linda expresión, ¿verdad? La aprendí en Londres la semana pasada... ¡Oh, cielos! ¿De verdad tienes que irte? ¡Ojalá te tomaras la tarde libre y me acompañaras a comprar un par de cositas que necesito...!

Pero Mimi ya se había puesto el sombrero y estaba a mitad de camino hacia la puerta, prometiendo con estudiada vaguedad pasarse a ver de nuevo a la señora Crosby «en el mismo instante en que pueda robar un minuto o dos».

En su fuero interno, juraba no tener ningún minuto libre para su regordeta anfitriona mientras estuviera en París. Estas promesas y la reiteración de las exigencias de la señora Crosby de que Mimi pasara todo su tiempo libre con ella tomaron más tiempo del que Mimi imaginaba. Quería irse, pero su anfitriona se había lanzado a contar la historia de la vida de Jimmy Forrester y Mimi escuchó resignada.

“… Él es de una familia muy bien de Nueva York⁠—no tienen mucho dinero, pero tienen posición⁠—Jimmie está conectado con una gran casa de bolsa en Nueva York que maneja gran parte de los negocios del señor Crosby⁠—Jimmie hace prácticamente todas las compras y ventas de acciones o bonos de Horace⁠—espantosamente inteligente, Jimmie, y listo como un ratonero⁠—Jimmie es tal cual si fuera mi propio hijo.⁠ ⁠…”

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