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V. Mimi y Carl

llevaban carteles de «Solo para personas de color». Al atardecer, una mujer blanca de edad avanzada se había acercado a una ventana para cerrar los contramarcos. Un negro pasaba por la acera. Con la mente inflamada por las noticias que había leído, ella dio un grito. Alguien llamó por teléfono a la policía. Los periódicos se enteraron del asunto, lanzaron a la calle «extras» con letras de cinco pulgadas de alto: « Otra mujer atacada ». Antes de que la policía pudiera llegar a su casa, la mujer llamó por teléfono para decir que todo había sido un error: solo había estado histérica. Mientras tanto, demasiado tarde para detenerlas, las rotativas habían empezado a zumbar, rugir y escupir hojas encendidas de alarma, con la tinta emborronándose por su frescura. Otras le siguieron: « Segundo ataque », « Tercer ataque », « Cuarto ataque ».

Al principio fue un suave murmullo de odio. Luego comenzó a crecer. Los periódicos eran arrebatados con avidez a los vendedores callejeros jadeantes. Sobre los hombros de cada comprador se agolpaba un grupo, de puntillas, para enterarse de la historia del último ultraje.

El descontento fue en aumento. Pequeñas llamas de palabras violentas brotaron. Aumentaron en número. Subieron más alto. Se unieron en un volumen compacto hasta que un gran clamor de implacable negrofobia se elevó como el estruendo de un trueno continuo, como un organista pisando con furia los pedales en un rugido disonante.

Toda la ciudad era como un enorme divieso, repleto de putrefacción. Bastó un pinchazo para que el tumor purulento y fétido estallara y arrojara su veneno a lo alto. La materia salpicante, manchada y contaminante cayó y brotó, como los dientes del dragón sembrados, en turbas aullantes y empeñadas en matar.⁠ ⁠…

Jean y Mimi habían notado los pequeños grupos de hombres enfadados reunidos en las esquinas de las calles, murmurando y maldiciendo. Habían pasado junto a estos deprisa, esperando poder llegar a la farmacia sanos y salvos y regresar a casa.

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