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XIX

maestros de la inutilidad y la banalidad, cajas, armarios y baúles vomitaron un desfile interminable de botín. El noventa por ciento de todo aquello es basura, concluyó Mimi. Si la señora Crosby le hubiera pedido consejo antes de comprarlo, Mimi estaba segura de que habría hecho todo lo que estuviera en su mano para evitar su adquisición. Ahora no hacía falta ninguna crítica, ni la señora Crosby la deseaba, sino tan solo exclamaciones de alabanza y aprecio por la belleza y el valor de aquella variopinta colección de objetos que abarrotaba hasta el último rincón de la estancia para cuando el almuerzo estuvo listo. Así que Mimi murmuró educadamente: «¡Qué mono!» o «¡Qué cosa tan encantadora!» y se esforzó al máximo para que su voz sonara sincera.

Terminado el almuerzo, Mimi comenzó a echar vistazos furtivos a su reloj de pulsera mientras esperaba alguna pausa en el Niágara de palabras que manaba de la boca de Crosby. Creyó ver su oportunidad cuando sonó el teléfono.

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