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XVII

problemas, económicos, sociales, políticos, y resolverlos todos en un abrir y cerrar de ojos. Aunque se guardaba sus pensamientos, el tubo de ensayo en el que ponía a prueba todas estas soluciones y solucionadores eran las reacciones de estos hacia la propia gente de Mimi: los suyos, aunque los hubiera abandonado. ¿Incluyen al negro como ser humano idéntico a ellos cuando hablan con tanta soltura de los «camaradas» y de la «hermandad del hombre»?, era la pregunta que se descubría haciendo constantemente.

Fue al principio mismo del trabajo de Mimi en el taller de Francine cuando un archiduque austríaco fue asesinado en Sarajevo. Austria, Serbia, Alemania, Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Japón⁠—uno a uno cayeron en el remolino de la matanza, la sangre y las balas. Los titulares gritaban y las primeras planas se llenaban de historias sobre la Bélgica invadida, sobre el Marne y Lovaina. A Francine al parecer no le afectaba, salvo que ahora había más trabajo debido a que París y sus energías se dedicaban a la fabricación de armas en lugar de vestidos. Mimi se conmovía profundamente con las historias de decenas, cientos, miles de muertes, pero con el tiempo leía los titulares de pasada mientras regresaba a casa por las tardes en el metro, con la aceptación serena de esos horrores que trae la larga familiaridad. A veces recordaba la frase que solían usar en Atlanta cuando las personas de color eran sometidas a vejaciones e injusticias⁠: «Uno puede acostumbrarse a que lo ahorquen si tan solo lo ahorcan con la suficiente frecuencia». O, en otras ocasiones, aceptaba las historias de matanzas con una filosofía fatalista, no del todo desesperanzada, que podría resumirse en las palabras: «Bueno, son blancos matándose entre blancos⁠—cuantos más se maten, mejor será la oportunidad para la gente de color».

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