Washington Square yacía en una reposada belleza bajo su brillante manto de nieve.
Aquí y allá había montículos redondeados, montecillos de blancura cuya estructura eran bancos de hierro que habían sostenido a innumerables parejas de enamorados en la suave calidez de la primavera o en la tórrida y sofocante brisa del verano.
Las vallas vulgares y feas se habían transformado milagrosamente en líneas gráciles de una blancura etérea, fantasmagórica y reluciente.
Las duras líneas del Arco se habían redondeado y suavizado hasta parecer un enorme pastel de glaseado horneado para algún festín de bodas gargantuesco.
Al otro lado de la plaza se alzaba imponente la iglesia que Stanford White había diseñado, con la cruz sobre la mole de ladrillo amarillo purificada por su capa de nieve.
En los pequeños trozos de tierra cercados por las vallas, las ráfagas de viento tomaban la nieve recién caída y la remolinaban en graciosas espirales que bailaban y hacían piruetas con una belleza tan sinuosa que, a su lado, Pávlova habría parecido una rústica torpe y de pasos pesados bailando una danza de granero. Aquí y allá corría apresurada una figura, con la cabeza inclinada ante el viento helado, o un pesado autobús de la Quinta Avenida con sus costados verdes visibles en los puntos libres de las incrustaciones de nieve. El verdoso tono de los autobuses o la negrura de la ropa no hacían más que acentuar la blancura en torno a las figuras en movimiento.