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XII

Esta falta de hostilidad se transformó con el tiempo en una auténtica bienvenida debido a la creciente cordialidad de la señora Hunter hacia la señora Daquin, la cual esta última percibió que se debía en gran medida a sus visitas. Esta acogida se vio reforzada por la evidente reforma de Carl. Ya no se le veía con compañías cuestionables. No se le había visto bajo los efectos del alcohol desde que había empezado a visitar de nuevo a Mimi, y ahora todos los domingos se le veía con sus padres y su hermana en la iglesia.

El viejo compañerismo, profundizado y enriquecido de un modo sutil pero inconfundible, estaba regresando.

El recuerdo de aquella noche durante la cual tanto había sucedido, su reencuentro, la muerte de Jean y todo lo demás, los había apartado de la torridez de sentimientos que los había invadido entonces.

En su lugar había una reconfortante sensación de unidad que maduraba y se profundizaba a través de las tácitas declaraciones de su amor que destelleaban entre ellos cada vez que se encontraban.

Este sentimiento era siempre más intenso cuando salían a pasear por la tarde. Durante la última parte de septiembre y la primera de octubre había habido muchas noches de un frío nítido. El octubre moribundo y el noviembre en ciernes trajeron aquel año noches templadas y días placenteros que recordaban al final del verano. Paseaban del brazo por las calles oscurecidas. Aquí y allá había farolas que proyectaban poca luz más allá de un radio de quince o veinte pies. Al fondo de pequeños y ordenados patios se alzaban casitas bajas o imponentes casas de dos pisos, de las que emergía de vez en cuando una luz parpadeante de forma amistosa. Allá arriba, una luna, esbelta y graciosa como una frágil y abierta herradura de destellos, o de cuerpo entero y vigorosa en su amarillenta brillantez. A Mimi siempre le gustaba más la luna nueva; su esbelta gracia la conmovía. Pero Carl prefería las llenas: «No me extraña

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