“Tú no me echaste; tendría que haberse acabado mucho antes…”
—El Santo Behemoth te ha dejado sordo, mudo y ciego a fuerza de hablar —susurró haciendo un gesto con la cabeza en dirección a la señora Crosby, quien tarareaba una canción de music-hall que había escuchado la noche anterior. O, más bien, tarareaba con una disonancia peculiar la melodía que creía haber escuchado.
“No está tan mal; tiene sus buenas cualidades. Ojalá le hubiera podido ahorrar la molestia de comprar muchas de las cosas que me ha estado enseñando”.
“No te hagas ilusiones: ni el viento ni las olas ni una tormenta aulladora pueden impedir que ande desparramando el dinero de Horace por todas partes. Hay un brillo que brota en los ojos de los tenderos de toda Europa cada vez que Eulalia hace acto de presencia; se apresuran a sacar toda la morralla con la que creen que se han quedado atascados y se la encajan, diciéndole que es un auténtico Rodin o un Millet o lo que se les venga a la cabeza en ese momento. Hasta Horace, que le ha torcido el brazo a Wall Street decenas de veces, es impotente ante Eulalia; es irresistible cuando se propone hacer algo. ¡Vaya, ahí viene!”
Algún lazo indefinible había surgido entre ellos. Para cuando la señora Crosby hubo recorrido la habitación resoplando una o dos veces con los brazos cargados de ropa hacia el dormitorio del fondo, sentían que se conocían desde mucho antes de los pocos minutos que llevaban allí parados.
—Déjame llevarte adondequiera que vayas —le preguntó él, pero ella declinó la oferta y se alejó de prisa.