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XXIV

Bajo el hechizo de la música, otras puertas se abrieron una a una. Esta vez era un campo extenso cubierto de flores blancas resplandecientes contra el follaje verde polvoriento de las plantas de algodón. Figuras negras se inclinaban profundamente mientras cerca de ellas, con ojo avizor y látigo listo, se hallaba un mayoral.

Otra vez fue en la «gran casa»; otra, en faenas de otro tipo, agotadoras para los músculos y aplastantes para el espíritu. Pero de todas ellas emergían estas mismas notas extrañamente dulces que ahora entonaba la esbelta y morena figura que estaba allá en la plataforma.

Un mundo de movimiento y de labor quedaba atrapado y retenido inmóvil en aquellas notas tenues y reacias. Sobre ellas flotaba ese tono dominante de una esperanza demasiado grande como para ser extinguida por cualquier adversidad o dolor que pudiera sobrevenirles a los cantores.

Era la personificación de la fe, una fe fuerte e inamovible, una fe inquebrantable, una fe que engrandeció a un pueblo. Contra esa fe, sentía Mimi, la ignominia, la brutalidad, la opresión y el desprecio no podían sino estrellarse y romperse como olas furiosas contra enormes acantilados de granito.

A ella, sentada allí en la penumbra, le vino una visión de su propia gente que le hizo acelerar la sangre.

A pesar de cualquier otro defecto que pudieran tener, su propia gente no había sido embrutecida y deshumanizada por el amargo odio hacia sus semejantes. El veneno nacido de la opresión ejercida sobre otros más débiles que ellos no había entrado en sus almas.

Estos cantos eran de paz, esperanza y fe, y en ellos sintió y conoció la paz que durante tanto tiempo había estado buscando y que durante tanto tiempo se le había escapado de las manos.

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