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XI

No había más que un lugar en el que Mimi se sentía en paz, y ese era sentada junto al féretro de Jean.

Mañana por la mañana llegaría la hermana de Jean, la señora Rogers de Nueva York. Mañana por la tarde, el funeral.

Mimi se deslizó silenciosamente hacia la sala. La estancia estaba a oscuras, salvo por la iluminación de las velas titilantes. A través de las ventanas entreabiertas flotaba la brisa cálida de una tarde de finales de octubre desacostumbradamente apacible. Las cortinas de encaje se mecían perezosamente de un lado a otro, como si se despidieran lánguidamente del cuerpo en el féretro que quedaba fuera de su alcance. En la penumbra, a Mimi le parecieron dedos largos y delgados que intentaban en vano acariciar los costados de la caja que guardaba todo lo que quedaba de Jean.

La casa estaba casi desierta. Uno a uno se habían marchado. Mimi, agobiada por el incesante desfile, sintió un gran anhelo por encontrar la paz que en ninguna otra parte podía hallar sino junto a Jean. Le molestó descubrir que no estaba sola. La señora Plummer y la señora King estaban sentadas cerca de la ventana conversando en voz baja. Mimi no les hizo caso, acercó una silla al féretro y se sentó allí a contemplar el rostro de Jean. En él se reflejaba una paz inconfundible; casi deseaba estar ella allí a su lado. La magnitud de su pérdida se iba apoderando de ella. Sin Jean se sentía perdida, aterrorizada, llena de miedo. ¿A quién podía acudir? ¿A la señora Daquin? Evidentemente, no. ¿A la señora Hunter? ¿A Hilda? ¿A la madre de Hilda? ¿A Carl? Cada uno de ellos tenía sus virtudes, pero ninguno era tan completo, tan tierno, tan comprensivo, tan desinteresado. Ni siquiera ella misma, se dio cuenta. Pues heme aquí pensando solo en mí; de haber hecho menos de eso

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