—Querida, el martes de la semana que viene voy a recibir a mi club, el Fleur-de-Lis; el señor Hunter lo llama «la brigada comelona», pero eso es porque está celoso, nosotras no dejamos que ningún hombre asista a nuestras reuniones excepto una vez al año. Tienes que venir, porque allí conocerás a la gente adecuada; es fatal juntarse con la clase equivocada —advirtió con una sonrisa.
La señora Daquin aceptó la invitación con entusiasmo, con demasiado entusiasmo, pensó Mimi. Mientras se despedía formalmente de los Hunter, pensaba para sus adentros:
«¿Por qué no puede aceptar las atenciones de la señora Hunter como si estuviera acostumbrada a una sociedad decente en vez de andarse arrastrando de esa manera?»
Después de que los Hunters se hubieron marchado, se hizo un silencio que no se rompió hasta que se sentaron a cenar.
La señora Daquin miró a Jean varias veces con aire inquisitivo, como si fuera a hablar, pero en cada ocasión se desdijo. Mimi advirtió cómo las palabras se detenían justo cuando iban a ser pronunciadas, pero sabía tardaría poco en desatarse la riada. Estaba en lo cierto.
“¿Qué van a hacer tú y Mimi con respecto a ir a la iglesia, Jean?”, empezó la señora Daquin. “Aquí no hay ninguna iglesia católica para negros y ya viste por la actitud de la señora Hunter que—este—bueno, no vamos a llevarnos tan bien aquí como podríamos si—”
El final abrupto de su frase inconclusa y el elocuente silencio que le siguió fueron suficientes.
—¿Quieres decir que crees que deberíamos renunciar a nuestra religión para ganar dinero y entrar en «la alta sociedad»? —preguntó Jean con asombro, y esta última palabra teñida de una ligera ironía.