Pero después de todo, tenía que haber algo en esas cosas por las que los hombres habían vivido y por las que habían muerto.
Se preguntaba qué podría ser todo aquello. ¿Valían la pena toda la agonía, el derramamiento de sangre y el sacrificio que habían traído?
Aquí estoy, meditaba, una mujer, una negra. La vida para mí, de ser blanca, ya sería bastante difícil, pero lo va a ser el doble cuando se sumen los problemas raciales a mis propias dificultades como mujer. Jugueteó ociosamente con la idea de cuál habría sido su suerte de haber nacido blanca, de cruzar la raya y olvidar la sangre negra en su cuerpo. La idea no era atractiva. En Nueva Orleans, las mujeres que más la atraían y a las que admiraba por encima de todas las demás no eran blancas; al menos, no eran anglosajonas. Vivían todas en el barrio criollo y Jean le había señalado a muchas de ellas que tenían sangre negra, algunas sabiéndolo y otras ignorándolo. Ella no había necesitado que Jean se lo dijera para distinguirlas; había algo en ellas, a la vez tangible e intangible, que lo revelaba a los ojos del observador: una calidez, una delicada humanidad, un atractivo que no pertenecía a las mujeres que vivían al norte de la calle Canal.
Y aquí en Atlanta los había observado, advirtiendo las sutiles diferencias incluso en aquellas como ella de piel clara. Con razón en Nueva Orleans, en los viejos tiempos, tal como había leído en los libros de los viajeros franceses, los hombres a menudo abandonaban los bailes donde estaban sus esposas e hijas, y se escapaban furtivamente hacia aquellos otros más resplandecientes donde reinaban las mujeres de color.
Mimi recordaba una comparación que uno de ellos había hecho entre aquellas que tenían sangre negra y las mujeres estadounidenses: «francas, afectuosas… con modales más interesantes que las estadounidenses… la redondez y la belleza de las formas en las mujeres contrastando asimismo con la rectitud y la angulosidad de las siluetas estadounidenses».