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XXIV

“Nadie conoce la pena que veo, Nadie la conoce sino Jesús…”

Figuras fantasmales se movían oscuramente por las habitaciones⁠: figuras con ojos tristes por las tragedias de mil años, ojos brillantes con la fe que nace de la fuerza en la prueba. Figuras que por un extraño juego de manos empezaban, mientras ella las observaba, a perder su etérea diafanidad y, como Galatea, a convertirse en carne y hueso. La transformación no la sorprendió ni la alarmó⁠; en cambio, atrapada firmemente en el hechizo tejido por el cantante negro, la recreación de la vida en las figuras ante ella parecía lo más natural del mundo.

Apareció un vasto e impenetrable enmarañamiento de enormes árboles, cuyas masas medulares se elevaban con negrura bellísima a alturas prodigiosas.

Mientras contemplaba, medio atemorizada por la silvestre quietud, los árboles perdieron su solidez intensamente negra y se fueron desvaneciendo en grises cada vez más claros. Luego los árboles fueron blancos, después ya no hubo ninguno.

En su lugar, un inmenso claro circular en el que se movía, primero despacio y luego con creciente velocidad, un corro de mujeres gráciles, redondeadas y ágiles, y hombres fornidos, de músculos magníficos, todos con pieles de la negrura de la medianoche.

Al compás de una música de dulzura y ritmo bárbaros, danzaban con gracia sinuosa y desenfreno. Pequeños y suaves gritos guturales punteaban la música, gritos que brotaban con mayor agudeza, como pequeños dardos veloces, a medida que aumentaba la entrega extática de las figuras a la danza.

Un fuerte grito de alarma y de advertencia llegó desde lejos. El baile se detuvo; los bailarines quedaron suspendidos en el asombro y la

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