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nydus/FlightPublic
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IX

Mimi le contó la historia mientras la señora Hunter reflejaba en su rostro el asombro que sentía.

—¡Pequeña tonta engreída! —declaró con tono pontifical cuando Mimi hubo terminado.

—¡Ella no es una boba tonta y es una muchacha demasiado buena para Carl o cualquier otro muchacho que haya visto por aquí! —declaró Mimi con ardor, con la ira avivada por el desprecio hacia su amiga.

Jamás se le ocurrió que ella le había aplicado el mismo término a Hilda, o al menos términos de un significado sospechosamente similar.

—Oh, no me malinterpretes, querida —se apresuró la señora Hunter a matizar su arrebato—. Ojo, no quise decir que no fuera lo suficientemente buena para mi Carl, sino que no demostró tener muy buen juicio. Pero a esto no venía yo. Es lo siguiente. Carl, desde que tú y él dejaron de verse, le ha dado por salir por ahí de noche con todo tipo de gente y tres veces esta semana ha llegado a casa borracho. Está de un humor tan insoportable que me ha dado miedo decirle nada y sé que se armará un escándalo terrible cuando su padre se entere de sus andanzas.

—Siento mucho enterarme de que Carl se está portando así, señora Hunter, pero ¿qué tengo que ver yo con eso? —preguntó Mimi, desconcertada.

“Me preguntaba si le dejarías verte de vez en cuando⁠—y⁠—y pensé que tal vez te importaba lo suficiente como para estar dispuesta a hacer eso y ver si se detenía. Oh, Mimi, es mi hijo y quiero que me ayudes a salvarlo de sí mismo”.

Mimi no sabía qué decir. Sentía lástima, una lástima terrible, por la señora Hunter; conociéndola, era consciente del calvario por el que estaba pasando la mayor, con lo imperiosamente orgullosa que era, al

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