que le habían hablado muchas veces de su eminencia entre los médicos de color de Filadelfia. Vino enseguida, pul Sero, alerta, inteligente. Su rostro moreno era una máscara mientras hacía preguntas y examinaba a Jean. Unos largos dedos morenos sondearon el abdomen del bebé; metódica y confiadamente midió el pulso y la temperatura. Con frialdad recitó los síntomas tal como los encontró:
“... vómitos, al principio del contenido del estómago, luego biliosos... colapso... palidez... pulso débil... temperatura normal... abdomen relajado... postración creciente... temperatura en ascenso... tumor, en forma de salchicha, curvado...” Se volvió hacia Mimi. —¿Qué se ha hecho por él? Mimi le habló del médico al que llamó la señora Williams, de la administración de aceite de ricino.
—Dijo algo sobre una diarrea ’fecciosa —añadió la señora Williams, con el miedo ya disipado tras la llegada del doctor Newton.
«¿Le dio aceite de ricino? —preguntó el doctor Newton, incrédulo—. ¡El imbécil balbuceante!».
Mimi y la señora Williams mostraron su consternación ante sus palabras.
“Menos mal que a estas alturas probablemente ya lo habrá vomitado todo”.
Sus palabras se vieron interrumpidas por los patéticos gritos de Jean.
—Señora Daquin, su bebé tiene un caso grave de invaginación intestinal: el repliegue de una parte del intestino sobre otra —añadió al ver que ella no entendía la palabra más técnica—. O, para decirlo de un modo más sencillo, se trata de una obstrucción intestinal aguda. La única posibilidad de salvarlo es mediante una operación, y habrá que hacerla sin perder ni una hora.