que su vida la obligara a guardar silencio cuando se hacían tales ataques. Una o dos veces había intentado refutar la opinión de alguna persona obviamente parcializada. Su rostro se le había encendido y había recaído en un silencio que le mortificaba cuando se había visto respondida por la cortante afirmación que en sí misma era un desafío: «¡Vaya, eres una “amante de los negros”, y además del Sur!». …
Con firmeza se mantuvo en el rumbo que se había trazado a pesar de estas y otras distracciones. Las visitas de Madame Francine a la nueva tienda de la calle Cincuenta y siete se volvieron cada vez más infrecuentes, ahora que pasaba la mayor parte del tiempo en su casa de Mount Vernon y sus inviernos en Florida. Mimi era ya en la práctica la dueña del lugar y ocupaba la habitación que habría sido de Madame Francine, aunque siempre había un escritorio listo para esta cuando decidía venir a consultar con Mimi sobre asuntos de importancia. …
Mrs. Horace Crosby, antes de Chicago, donde su marido, miembro del Club Rotario, había manipulado ciertos mercados de grano en gran beneficio del erario de los Crosby, avanzó con paso pesado y jadeante, con su doblez de papadas bamboleándose en temblores gelatinosos sobre su amplio pecho, a través de la estrecha acera de la Rue de la Paix hacia su automóvil en espera.
Su rostro redondo, muy empolvado y maquillado, esbozó una sonrisa querubinesca que se extendió como ondas en un estanque apacible al dejar caer una piedra, al ver que se acercaba una joven pulcra y pelirroja. Se giró y bloqueó eficazmente el paso de la joven, haciendo que no reconocerla fuera aún menos posible al extender sus brazos regordetes adornados con numerosos brazaletes y sus dedos muy ataviados con diamantes.
—Pero bueno, ¡si esto es encantador!, ¡tropezarme así contigo en París, señorita Daquin! Tiene que subir ahora mismo y venirse al hotel a