soledad, sumido en el pánico al encontrarse como el único guardián, custodio y enfermero de una niña de nueve años inquietantemente activa. Sentía como si algún poder malévolo lo hubiera engañado para subirlo a una barca, lo hubiera alejado de la orilla a remos y luego, con habilidad, hubiera quitado el fondo de la embarcación. Sentía que chapoteaba, que braceaba en el agua, buscando frenéticamente tierra firme bajo sus pies sin hallarla.
Margot con silenciosa eficacia lo había guiado, consolado, sostenido.
Con suave modestia le había sugerido soluciones a los problemas que surgían en su pequeña compañía de seguros de enfermedad y accidentes, tan carente como estaba de métodos comerciales modernos, pero que proporcionaba los ingresos suficientes para satisfacer sus sencillas necesidades.
Con tanta habilidad había manejado estas sugerencias que él nunca supo, hasta después de la muerte de ella, cómo había plantado la semilla de estas ideas en su cabeza, las había visto crecer hasta hacer frente a las pequeñas crisis que surgían y luego había halagado su alma bondadosa y sencilla diciéndole con qué destreza había resuelto las perplejidades del momento.
Jean le había contado a menudo a Mimi cómo Mary Robertson había venido a Nueva Orleans de visita en la época de Carnaval, dos años después de la muerte de Margot y justo cuando él se había sentido más solo y atemorizado. Su dolor había embotado sus sentidos tan por completo que, durante más de un año tras el fallecimiento de su esposa, Jean había vivido en un estado que rozaba el coma. Cuando más sufría era por la noche, y entonces buscaba el olvido en el vino. Noche tras noche se sentaba después de cenar, con una damajuana cubierta de mimbre al lado del sillón. Sobre la mesa frente a él descansaban dos objetos: una fotografía descolorida de Margot con su vestido de novia y una copa de vino de proporciones generosas y verde jaspeado.