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XIII

El rostro del señor Manning decayó, despojado de su alborozo con la misma limpieza que una pizarra cuando se pasa sobre ella un paño húmedo. —Se me ocurre lo que podemos hacer —continuó la señora Manning—. Los días que yo esté fuera podemos llevarlo a una guardería infantil.

A Mimi, sin embargo, no se le permitió comenzar su nueva vida durante un buen tiempo. Con un pretexto tras otro, los Mannings postergaban su primer día de trabajo. La excusa más frecuente era que la mayoría de las personas que necesitaban los servicios de una modista se habían marchado por el verano. Aunque Mimi llevaba ya más de ocho meses en Filadelfia, conocía muy poco de la ciudad. Su vida antes de que naciera el bebé había sido tan limitada que rara vez se había alejado más de unas pocas cuadras de su casa. La inmensidad de la ciudad, sus calles repletas, el rugido del tráfico, las multitudes apresuradas —cada una centrada en sus propios asuntos con exclusión de todo y de todos los demás—, la aterraban. Cuando seaventuraba a salir sola, siempre tenía la sensación de que una mano gigantesca la había tomado y arrojado a un torrente furioso. Y siempre recuperaba el refugio del hogar con una oración de agradecimiento en el corazón por no haber sido atropellada en el bullicio por alguno de los carros o camiones que se abalanzaban sobre uno con una velocidad aterradora. Acostumbrada a la somnolencia de Nueva Orleans y al tráfico más apacible de Atlanta, a menudo se preguntaba por qué había elegido Filadelfia como su ciudad de refugio; la «Ciudad del Amor Fraternal» era sin duda un anacronismo para una desconocida como ella.

Ella estaba contenta con los Manning, pero su inacción la preocupaba. Salvo por unos pocos dólares, ahora se encontraba completamente sin fondos. Había tenido que comprarle varias cosas al bebé pero, aunque la mayoría de su ropita la había hecho ella misma, la tela, el hilo y los botones costaban dinero. No les habló a los Manning de

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