—Oiga, Sam, le mandé los cincuenta dólares y mi solicitud a Jim Washington tal como me dijo —se quejó la voz preocupada—, y no he sabido nada de nada ni de él ni del Club Social Idlehour.
—¿No te has enterado de que te han vetado? —inquirió el otro con un aire notablemente incrédulo.
“No, que va. Me pregunto quién me habrá vetado”, especuló, con la preocupación en aumento en su tono de voz.
“Ahí está Pudd’n Jones—es amigo mío y no me haría algo así. Y ahí están Babe Carter, Spider y Bill Johnson—son amigos míos y sé que no me vetarían. Oye, ¿había muchas bolas negras en esa caja?”, preguntó con esperanza.
—Has visto un plato de caviar ruso, ¿verdad? —le preguntó su amigo.
—Sí, ¿pero qué tiene eso que ver con que me hayan vetado?
“Bueno, muchacho, pues esto... esa caja cuando votaron sobre tu nombre parecía ni más ni menos que un tazón de caviar”.
—Ven, Mimi, no podemos quedarnos aquí toda la noche; la cena está lista en casa —instó la señora Rogers. Mimi se habría quedado allí durante horas. Las coloridas escenas la fascinaban, le hacían desear quedarse a ver las comedias, las tragedias, el cambiante panorama de la vida mientras fluía, ora rauda, ora pausada. Caminaron calle abajo por Lenox Avenue. Harlem, que primero había sido el «Haarlem» holandés, luego irlandés, más tarde judío y alemán, se hallaba en plena marea de transición hacia una ciudad negra dentro de otra ciudad. Desde el umbral de una antigua residencia privada en una calle lateral cercana a la ajetreada Lenox Avenue brotaba una resonante e inundadora marea de música. Muy por encima de las demás resonaba una voz de barítono