Había estado tentada —gravemente tentada— a rendirse a la «una hora de gloriosa lucha»— a encontrar alivio en alguna locura, en alguna ruptura violenta de las ataduras que la sujetaban con una solidez tremenda. Una y otra vez había llegado casi al borde del abismo y había contemplado fascinada las profundidades seductoras que se extendían abajo. Pero cada vez se había retirado aterrorizada, con la respiración entrecortada por pequeñas punzadas de miedo y cada nervio rígido.
Sólo sus experiencias, que le habían causado tanta miseria, la salvaron; ellas y Petit Jean. Temía la posibilidad de dejarse herir de nuevo.
Antes cualquier cosa que eso, se susurraba a menudo a sí misma cuando estaba sola en su cuarto por la noche.
Y tras cada tentación se sumergía con doble celo en su trabajo, buscando hallar allí un opiáceo que absorbiera la impetuosa urgencia dentro de su cuerpo.
Cuando ni el trabajo lograba aplacar los incesantes deseos que sentía, solía caminar de noche por sectores desconocidos y pintorescos de la ciudad, atisbando en los umbrales, observando las costumbres de gentes tan diversas que hacían de Nueva York un mundo en sí mismo, repleto de razas representativas de cada rincón del planeta. Vagaba por barrios donde no se oía otra palabra que no fuera español, comía en pequeñísimos restaurantes de rostros alargados y atezados donde la comida se sazonaba con condimentos cuyo nombre ignoraba, pero que estaba segura de que habían viajado desde la mismísima España. Mientras comía, escuchaba guitarras de garganta suave y canciones cargadas de amor, entonadas con la rica sensualidad de una nación de amantes. Caminaba junto a hileras de casas de ladrillo rojo con balcones