Ella procuró consolarlo, diciéndole pequeñas mentiras sobre la supuesta poca importancia que el doctor Adams le había atribuido al ataque.
Pasará y no sufrirá ninguna consecuencia por ello, fueron las palabras que puso en boca del médico.
—¿Dijo eso de verdad? —preguntó Jean con ansiedad, pero también con esperanza.
Ella le aseguró que esas habían sido las palabras exactas. Jean se reclinó en su almohada con una expresión más serena en el rostro, lo cual disminuyó un poco la vergüenza que ella sentía a causa de la mentira. Habría mentido mil veces con alegría si eso servía para hacerlo sentir más tranquilo.
—No parecía tan optimista cuando hablaba conmigo —meditó Jean—. Supongo que estaba intentando asustarme para que me quedara en la cama.
“Por supuesto que eso era lo que pretendía. Los médicos dan por sentado que los pacientes harán más o menos la mitad de lo que se les manda, así que les mandan el doble de lo que necesitan”, le animó ella.
—Estoy cansado, Mimi; muy cansado. Creo que voy a echar una pequeña siesta ahora —dijo tras una pausa—. Quería hablar contigo porque no sabía cuán grave podía ser este ataque, decirte que recordaras que, pase lo que pase, eres una Daquin, pero ahora que he escuchado lo que ha dicho el médico, eso puede esperar. Eres una chica hermosa, Mimi, casi demasiado hermosa. Pero saldrás adelante sin problema; simplemente decide por ti misma qué es lo correcto, no prestes atención a lo que digan los demás y haz entonces lo que creas que es correcto.