—Soy como un judío —se rio un día cuando le llevó un par de pendientes especialmente hermosos, una combinación recargada de diamantes y rubíes—, vistiendo a mi esposa para demostrar que el negocio va bien. Hasta donde ella alcanzaba a rastrearlo con precisión, su descontento nació una noche en una alegre fiesta después del teatro en uno de los clubes nocturnos más elegantes y caros. Cansada de bailar, se sentó a observar a los bailarines. Con gesto sombrío se dedicaban a la tarea de adquirir placer, con el rostro marcado por líneas duras y nerviosas mientras ejecutaban o intentaban ejecutar pasos nuevos, rápidos, bruscos, poco agraciados y complejos. Trabajan en pos del placer y la felicidad como si fuera un oficio, concluyó. —Bailan —le dijo a Jimmie cuando este hubo regresado a la mesa jadeando y soplando tras bailar con la señora Shepherd, una divorciada joven y bastante bonita—, como si estuvieran diciendo: "¡Esta noche me está costando un par de cientos de dólares y voy a sacarle doscientos dólares de diversión!". Jimmie la había mirado de forma extraña, pero no había dicho
Después de aquella noche observaba los rostros en la calle, en el teatro, dondequiera que estuviera. Había siempre esa expresión tensa y desdichada en los semblantes de esta gente que, como insectos huidizos, corría frenéticamente de aquí para allá, cada cual como si de sus esfuerzos dependiera el futuro de la civilización, de la vida y de todo lo demás. > Como engranajes de una máquina, dijo de ellos un día, y a partir de entonces siempre pensó en ellos como