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XV

La nueva vida a la que fue introducida por medio de la tía Sophie le pareció a Mimi casi idílica en comparación con sus experiencias desde que había dejado Atlanta.

Por influencia de su tía, consiguió trabajo como costurera, lo único que sabía hacer con lo que podía ganar dinero. Pero para esto tenía cierto don. Le encantaba la sensación de las sedas, los satenes y los chifones; cuanto más fina era la tela, más le gustaba manipularla y convertirla en prendas seductoras.

Trabajaba todo el día y por las noches o bien se quedaba en casa y se hacía vestidos y otras prendas para reemplazar las cosas gastadas que había traído a Nueva York, o paseaba con su tía por las calles de Harlem o viajaba en autobús por la Quinta Avenida. De vez en cuando este horario variaba con una visita al teatro, que a Mimi le encantaba.

Un nuevo mundo se le estaba abriendo y en él encontró una felicidad mayor de la que había creído que volvería a conocer jamás. Este desplegaba ante sus ojos un escenario gloriosamente fascinante y a veces sentía como si un pergamino gigante se estuviera desenrollando para su propio entretenimiento e interés.

Este gozo se veía acrecentado por el progreso modesto pero constante que estaba haciendo hacia la recuperación de Jean. Cada semana añadía algo a la pequeña suma en el banco. A veces le parecía que avanzaba trágicamente poco, a veces se sentía encantada con la velocidad a la que se acumulaban los dólares.

Lo más interesante para ella era la transición que veía desarrollarse a su alrededor en Harlem.

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