Se sentía desconcertado, perdido, con un malestar que rozaba la náusea ante el bullicio que lo rodeaba. Metódicamente obedeció las órdenes de su esposa de recoger las maletas y los bultos. Luego, con Mimi, renovada, alerta, habiéndose desprendido del cansancio como si se hubiera quitado una capa, se abrieron paso para salir del carruaje a la cabeza de la multitud que avanzaba en riada.
El incisivo señor Robertson besó a Mary y a Mimi con brusquedad, estrechó la mano de Jean y los metió a empujones por la sala de espera con el letrero «Para de color» hasta la acera, donde un carruaje de caballos los esperaba.
—No, no —gritó el señor Robertson mientras el chófer comenzaba a avanzar por la calle—. Vaya por Pryor Street y de ahí baje por Auburn Avenue. A los Daquin les explicó: —Si se hubiera ido por aquel camino los habría llevado por las calles Decatur e Ivy; esa es la zona de chabolas: tabernas y casas... —Hizo una pausa significativa y miró a Mimi—. Bastante mal —añadió—. La peor calaña de negros.
Pero Mimi no lo oyó ni tampoco al vendedor de periódicos que corría junto al carruaje gritando: «¡Extra! ¡Todo sobre la paliza de los Japos a los Rutos! ¡Todo sobre la gran batalla!».
Como aquello era para ella terra incognita, trató de verlo todo con la misma avidez con que había observado el paisaje desde la ventanilla del vagón en el largo viaje desde Nueva Orleans. La primavera flotaba en el aire.
El carruaje, acompañado por los diversos chasquidos, «arre», y «ande-muchacho» del anciano cochero, avanzaba a los botes y sacudidas sobre el pavimento de adoquines belgas. Mimi olfateó el aire con avidez, expectante.