la dominaba la ira, fue subiendo de tono hasta que sus palabras llegaron al vestíbulo contiguo. La señora Plummer y la señora King, aterradas, bordearon precipitadamente la habitación hacia la puerta, manteniendo la mayor distancia posible entre ellas y Mimi, quien giraba lentamente el cuerpo de modo que sus ojos seguían clavados en ellas. Las dos cotillas se apresuraron a atravesar el pequeño grupo que se había amontonado en la puerta, atraído por el alboroto. Cuando la puerta se cerró tras ellas, Mimi se dejó caer en su silla y rompió a llorar mientras la señora Adams entraba y la rodeaba con los brazos. …
Calle abajo apresuraban el paso dos mujeres indignadas y sorprendidas. La señora Plummer especulaba quejumbrosa y con tono ofendido mientras jadeaba en su camino de regreso a casa.
—Me pregunto qué le pasaría —le preguntó a su acompañante—. ¡No dijimos nada como para hacerla armar semejante rabieta... y eso que era sobre el cadáver de su difunto padre! ¡Hay gente de lo más extraña!