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Capítulo II

Durante la comida, la señora Daquin y su padre hablaron animadamente de la nueva vida de los Daquin, de la cual ambos eran en gran parte responsables. Pero los pensamientos que cruzaban por las cabezas de Jean Daquin y Mimi se centraban en el pasado y, sobre todo, en los rápidos cambios que unas pocas semanas habían traído consigo. Aunque ninguno de los dos sabía con precisión qué estaba pensando el otro, sus mentes repasaban los acontecimientos que habían tenido lugar desde aquella mañana que había marcado el inicio del nuevo orden de cosas. Si hubiera estado presente alguna persona con poderes de hechicería, un experto en el proceso de amalgama de pensamientos, y hubiera tejido un cuadro hecho con los fragmentos que llenaban las mentes de Jean y Mimi, el producto de su labor habría resultado más o menos de este modo.⁠ ⁠…

Era una mañana soleada en Nueva Orleans pocas semanas atrás. Jean Daquin llamó suavemente a la puerta. No hubo respuesta. De nuevo llamó⁠—llamó⁠—llamó. De nuevo hubo silencio. Con cuidado empujó la pesada puerta, que gimió lúgubremente sobre sus antiguos goznes. Desde el interior llegaba la rítmica inspiración de aliento de un durmiente profundo. Jean avanzó de puntillas hasta la profunda ventana de parteluz y descorrio las pesadas cortinas de terciopelo polvoriento color vino.

El cálido e embriagador sol de Luisiana se precipitó en la habitación como si una mano gigante hubiera abierto una compuerta celestial. Con el torrente amarillo fluyó la mezcla voluptuosa de aromas: a madreselva silvestre, a rosa Cherokee en plena floración, a jacinto, a adelfa. Jean estaba de pie junto a la ventana, con los brazos en alto aferrado a los cortinajes, y tragó grandes bocanadas de aquel aire embriagador como un vino viejo. Los árboles y las flores centelleaban bajo el sol, cubiertos de relucientes gotas de agua de la lluvia que acababa de terminar.

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