Nunca perdía la práctica, pues otorgaba generosamente la argéntea modulación de su tono a hombres y mujeres por igual, incluso a los sirvientes, que no podían huir de ella con tanta facilidad. Mimi supo que iría aun al tiempo que se sentía como una aduladora sin columna vertebral al aceptar. Apenas se había lavado la cara cuando anunciaron el coche. Obtuvo una pequeña satisfacción al ver el nuevo respeto en los rostros de los empleados del hotel mientras contemplaban con asombro el Rolls-Royce lavanda con sus brillantes adornos de plata y tapicería de seda.
Ella sabía que Forrester estaría en el coche, tras haber intuido que él había sido el responsable de la invitación a cenar.
Mientras los llevaban a toda velocidad por el bulevar de la Madeleine y bajaban por la Rue Royale hasta el Maxim’s, escuchaba los arrulladores vítores de placer de la señora Crosby por haber aceptado, al tiempo que observaba la redondeada anchura de la espalda del señor Crosby y las líneas rectas de la de Forrester en los asientos delanteros.