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Capítulo II

desorientada, viviendo en un mundo propio poblado por figuras fantasmales de damas ataviadas en seda y caballeros de terciopelo —Mandevilles, Marignys, de Pontalbas y Gayarres—, nunca entendería ni dominaría el bullicio, la prisa y el entusiasmo de los nuevos tiempos.

Ella no pensó conscientemente estas cosas mientras se vestía a la carrera, pero Mimi intuía que Jean vivía en un día que había pasado y jamás regresaría.

Aunque su madrastra la irritaba casi hasta la locura, Mimi era consciente de que la señora Daquin estaba mejor armada para la vida actual que Jean o ella misma. Aquella que era Mary Robertson de Chicago, estadounidense durante muchas generaciones, estaba libre de las venerables tradiciones que mantenían a Jean, con su orgullo de ascendencia criolla, satisfecho con sus sueños, sin importarle mucho si su casa estaba mejor amueblada que las de sus vecinos y amigos, sin preocuparse en absoluto y totalmente libre de envidia si el saldo de su banco era mayor o menor que el del hombre de al lado.

Mimi se preguntaba a menudo qué rumbo habrían tomado sus vidas de haber vivido su madre. Y aun mientras se lo preguntaba, sabía la respuesta: Jean, su madre y ella habrían seguido viviendo y viviendo y viviendo en la vieja casa de la calle Dumaine hasta que Jean y Margot hubieran muerto y Mimi se hubiera casado con algún criollo cuyas ideas sobre la vida hubieran encajado con las de la familia Daquin. Volviéndose cada año más y más pobres, el ciclo somnoliento de días sin acontecimientos habría continuado, tan ajeno al mundo exterior como los bayous que bordeaban el caudaloso y siempre cambiante Misisipi.

En estas tranquilas aguas estancadas se habíadentrado Mary Robertson. Su llegada había sido como la apertura de un canal que conectaba el perezoso bayou con el torrente tumultuoso y veloz cercano. La madre de Mimi murió cuando esta tenía nueve años. Partida su amada Margot, Jean había andado a los tumbos, aterrorizado por la

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