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Inmanencia

INMANENCIA

La mayor generosidad que el pensamiento superior aporta a la mente es la convicción de una existencia trascendente. Aunque no conozcamos la naturaleza de esta existencia, salvo de manera oscura, se no asegura su realidad y su inmanencia mediante una creciente sensación de que todo lo que nos sucede es simplemente nuestra relación con ella.

En nuestros esfuerzos de hormiga por alcanzar alguna noción de la naturaleza de esta realidad trascendente, valgámonos a continuación de la ayuda que nos brindan el artista y el hombre de genio, demasiado afligidos por la carne para lograr una claridad de visión perfecta, demasiado afligidos por el espíritu para no intentar reproducir o registrar los destellos piscianos del orden cósmico que de vez en cuando se nos conceden. Pues el genio se halla a mitad de camino entre el hombre y el Más-que-hombre: según la frase de Nietzsche, «El hombre es un puente y no una meta».

De todos los escritores que han tratado el tema del genio, Schopenhauer es el más esclarecedor, tal vez porque lo padeció en gran medida. Según él, la esencia del genio radica en la perfección y la energía de sus percepciones.

Schopenhauer afirma: «Aquel que está dotado de talento piensa con mayor rapidez y corrección que los demás; pero el genio contempla un mundo distinto al de todos ellos, aunque solo sea porque posee una percepción más profunda del mundo que también se halla ante los ojos de los demás, puesto que este se presenta en su mente de un modo más objetivo y, en consecuencia, con mayor pureza y nitidez».

Esta percepción más profunda surge de su desapego: su intelecto se ha liberado hasta cierto punto del servicio de su voluntad y lleva una vida independiente.

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