Sin duda asombraría a los ortodoxos científicos saber cuántas personas practican habitual y exitosamente el dudoso arte de la escritura automática; no los llamados médiums, sino personas de refinamiento e inteligencia.
Aunque los mensajes recibidos de este modo puedan emanar de la mente subconsciente de quien los realiza, existen indicios que señalan que a veces provienen de una inteligencia disencarnada, o de una persona distante del receptor en el espacio.
Si tal es en efecto el caso, si la voluntad es ajena, ¿cómo se apodera de los nervios y músculos de la mano del escritor?
La hipótesis del espacio superior es de ayuda aquí. Solo es necesario recordar que desde la cuarta dimensión el interior de un sólido está tan expuesto como el interior de una figura plana lo está desde la región de la tercera dimensión. Un ser tetradimensional no experimentaría ninguna dificultad, bajo las condiciones adecuadas, en apoderarse de cualquier parte del mecanismo corporal de otro.
Lo mismo ocurriría en los casos de posesión y obsesión; pues si el bastión de la mano puede ser capturado de este modo, también puede serlo la ciudadela del cerebro.
Ciertas formas familiares de hipnotismo no se diferencian de la obsesión; el hipnotizador utiliza el cerebro y el cuerpo de su sujeto como si fuesen propios. Enteramente sin saberlo, ha puesto en juego una mecánica tetradimensional.
Muchos casos de la llamada doble personalidad se explican con mayor facilidad como la posesión por una voluntad ajena que mediante la menos creíble hipótesis de que el carácter, los hábitos y el lenguaje de una persona puedan cambiar por completo en un momento dado.