Se dice que la reticencia del aborigen americano a ser fotografiado se debía a su creencia de que algo de su personalidad, de su potencia humana, pasaba a la imagen, dejándoselo empobrecido en esa misma medida desde entonces.
Supóngase que tal sea de verdad el caso: que el hombre plano en la pantalla cinematográfica lleva su pequeña vida de pensamiento y emoción, relacionada con la vida mental y emocional del original vivo como el cuerpo está relacionado con su contraparte fotográfica.
De manera similar, las potencias del ser superior, el morador en espacios superiores, pueden fluir hacia nosotros y expresarse en y a través nuestro. Podemos ser imágenes en un mundo de imágenes; nuestros pensamientos, sombras de ideas arquetípicas; nuestros actos, un juego de sombras sobre la pantalla luminosa de la existencia material, revelando allí, por imperfectamente que sea, los estados de ánimo y los movimientos de un ser superior en un espacio superior.
El refrán «El mundo entero es un escenario» puede ser verdad en un sentido que Shakespeare nunca pretendió. Formula, en efecto, la más antigua de todas las doctrinas filosóficas, la contenida en las Upanishads de Brahma, el Disfrutador, quien adopta la forma de un universo mecánicamente perfecto con el fin de leer su propia ley con ojos de su propia creación.
«Pensó: "¿Enviaré mundos?". Envió estos mundos».
A la pregunta «¿Qué mundos?», la Hipótesis del Espacio Superior responde: «Sistemas dimensionales, del más bajo al más alto, siendo cada uno una representación del inmediatamente superior, donde queda dramatizado, por así decirlo. Este es el juego de Brahm; disecar sin fin, en el tiempo y en el espacio, y unir en la conciencia, como el geómetra que descubre cada elipse, parábola e hipérbole en el cono en el que todas residen».