Ahora bien, el efecto último del movimiento sobre la determinación del tiempo no se puede calcular siguiendo líneas tan simples como estas. De hecho, no se puede calcular con exactitud en absoluto, pues no disponemos de todos los datos.
Pero sin duda hay algún efecto. Supongamos que uno rema cuatro millas río arriba contra una corriente de dos millas por hora, a una velocidad de remada de cuatro millas por hora. Esto tomará dos horas, evidentemente. El viaje de regreso, con el regalo de dos millas por hora del río, requerirá evidentemente tan solo cuarenta minutos. Dos horas y cuarenta minutos para el viaje de ida y vuelta, por lo tanto, de ocho millas.
Ahora bien, remar ocho millas en agua estancada, según nuestra hipótesis, habría requerido tan solo dos horas. Pero alguien objetará: ¡la corriente debió de ayudar en el viaje de regreso tanto como dificultó la ida! ¡Ah, aquí está la trampa en la que cae el sentido común simplista! ¿Cuánto habría durado el viaje doble si la corriente del río hubiera sido más rápida que nuestra velocidad de remado? ¿Cómo programaremos nuestro viaje si no podemos averiguar la velocidad correcta, o si esta varía de un minuto a otro?
Estas explicaciones son necesariamente simbolistas más bien que demostrativas, pero cualquiera que siga seriamente estas líneas de pensamiento, o, lo que es aún mejor, estudie la actitud del físico moderno empedernido hacia nuestra geometría y mecánica clásicas, no podrá dejar de comprender cuán convencionales, artificiales —incluso fantasmales— son las limitaciones impuestas por la idea primitiva del espacio plano y del tiempo rectilíneo.
Las inferencias que podemos extraer de nuestro experimento hipotético son claras. La configuración de los dos cronómetros sería defectuosa, no marcarían la misma hora, pero cada uno de ellos señalaría la hora local, propia de su propio lugar. No habría medio de detectar la magnitud del error,