sueño profundo son, en el verdadero sentido, clarividentes, aunque en su mayor parte irrecuperables: «¿Sacarás tú al Leviatán con anzuelo?». DuPrel y otros han demostrado que la diferencia entre el sueño ordinario, el sonambulismo, el trance y el éxtasis es solo una cuestión de redistribución de umbrales; que todos son estados emparentados que se funden los unos en los otros. Tenemos, por lo tanto, todo el derecho a creer que durante un cierto número de horas de las veinticuatro todos somos sibilas y videntes, por poco que la mayoría de nosotros sea capaz de aprovecharlo. Infrecuentemente, en momentos de peculiar susceptibilidad, el velo es levantado, pero el arte de soñar con verdad sigue siendo en su mayor parte indomado: uno de los preciosos dones que el futuro guarda en reserva para los hijos y las hijas de los hombres.
El estado de semi-vigilia es el terreno en el que los sueños recordados se desarrollan con mayor lozanía. Por paradójico que suene, son producto, no de nuestro sueño, sino de nuestra vigilia. Tales sueños pertenecen a ambos mundos, en parte al tridimensional y en parte al tetradimensional.
Si bien los sueños suelen ser tan solo un revoltijo de experiencias diurnas, su increíble rapidez, ajena a esa experiencia, nos ofrece nuestro primer indicio sutil y factible de un desarrollo superior del tiempo.
# EL TIEMPO EN LOS SUEÑOS
La velocidad inconcebible del tiempo en los sueños puede inferirse del hecho de que entre el momento del impacto de una impresión en la periferia sensorial y su recepción en el centro de la conciencia —momentos tan estrechamente compactados que los consideramos simultáneos— puede tener lugar una serie coherente de representaciones, que implican lo que parecen ser periodos prolongados para su desarrollo. Todo lector recordará fácilmente experiencias oníricas de este carácter, en las que el desenlace largamente demorado fue sugerido y preparado por