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VI. Sleep and Dreams

propia voz, me convencí de que era otra persona quien hablaba, y en otro mundo. Me senté y escuché: la voz seguía hablando. Por primera vez experimenté entonces ese vasto cambio que el hachís produce en todas las mediciones del tiempo. La primera palabra de la respuesta ocupó un periodo suficiente para la acción de un drama; la última me dejó en completa ignorancia de cualquier punto lo suficientemente lejano en el pasado como para fechar el inicio de la oración. Su enunciación bien podría haber ocupado años. Yo no estaba en la misma vida que me había retenido cuando la oí empezar».

Este conocido hecho, que no podemos medir los sueños según nuestra escala temporal, demuestra que el tiempo subjetivo no se corresponde con el objetivo, y que el «órgano onírico» de la conciencia posee una escala temporal propia.

Si en nuestro estado de vigilia experimentamos un tipo de tiempo, y en los sueños uno completamente distinto, la solución al misterio debe buscarse en el vehículo de la conciencia, pues es evidente que el límite de impresionabilidad o el poder de respuesta del vehículo establece la escala temporal, del mismo modo que el tamaño del cuerpo en relación con los objetos establece la escala espacial. El tiempo debe de ser diferente para la hormiga y el elefante, por ejemplo, al igual que el espacio es diferente.

Nuestro sentido del tiempo depende enteramente de la rapidez con que las impresiones se suceden unas a otras.

Si fuéramos capaces de recibir tan solo una impresión por hora, como una campana golpeada cada hora por un martillo, el término ordinario de la vida nos parecería muy corto.

Por otra parte, si nuestro sentido del tiempo fuera siempre tan agudo como lo es en los sueños, eones incalculables parecerían vivirse en el intervalo entre la infancia y la vejez.

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